24/11/2015

La tiranía de las expectativas a la hora de escribir

La tiranía de las expectativas a la hora de escribir

Voy a contaros una anécdota totalmente real. Hace tiempo, cuando era adolescente, fui con unos amigos a ver una película al cine: “Sleepy Hollow”. Nuestra idea era ver una película de terror y sangre. Sin embargo, durante los créditos, me ocurrió algo curioso; vi el nombre del director, Tim Burton, y supe al instante que esa iba a ser una película muy diferente a la que yo tenía en mente. Mis expectativas cambiaron y gracias a eso no tuve la misma sensación que mis amigos de que la película era malísima.

Las expectativas cuando abrimos un libro o nos sentamos en el cine condicionan sobremanera nuestra percepción y nuestro juicio posterior. Valoramos una obra en función de si se ajusta o no a lo que esperábamos de ella, no sólo en base a su calidad objetiva.

 

Expectativas como lector.

A la hora de escribir es muy importante no perder nunca de vista las expectativas que generamos al lector acerca de lo que será nuestra obra.

Así, por ejemplo, si titulamos una novela “La helada hoja del asesino” y empezamos con un macabro asesinato y cómo un policía alcohólico y corrupto se hacer cargo del caso, no podemos después desarrollarla como una historia romántica con tintes de comedia. Si lo hiciéramos el lector de novela negra la tiraría por la ventana y el lector de romántica ni siquiera la cogería del estante. Y todo eso sin importar que pudiera ser la mejor novela jamás escrita, con una técnica impecable o una historia maravillosa.

Las películas de M. Night Shyamalan sufren un caso de expectativas erróneas de manera casi permanente. La mayoría son siempre publicitadas como cine de terror, cuando tenemos ejemplos como “El Protegido”, “El bosque” o, incluso, “La joven del agua”, que no se acercan al terror se miren como se miren.

Cierto, es posible engañar a un lector para que compre tu libro, vendiéndolo como algo que no es, pero… ¿Creéis que realmente os lo perdonarían?

 

 

 

 

 

Expectativas como escritor

Sin embargo, las expectativas condicionan otro aspecto de la creación narrativa; lo que nosotros como autores creemos que estamos escribiendo.

Por un lado está, obviamente, la calidad de nuestra obra. Todos queremos ser grandes escritores, capaces de escribir de manera impecable, pero lo cierto es que todos tenemos nuestras limitaciones. Si escribimos esperando crear una obra maestra pero no tenemos todavía suficiente experiencia, conocimientos y técnica, es muy posible que sólo nos veamos atrapados en un laberinto de frustración e inseguridad que puede llevarnos, incluso, a dejar de escribir.

A veces, aunque nuestra meta pueda ser publicar, podemos plantear un proyecto, incluso una novela entera, como un ejercicio de aprendizaje, para ver hasta dónde podemos llegar, para pulir nuestras habilidades. No hay nada de malo en eso. Creo que, precisamente, es algo que puede ayudarnos a crecer como personas y como escritores.

En otras ocasiones, las expectativas no tienen tanto que ver con la calidad como con el estilo del proyecto. Recientemente, una de nuestras compañeras de Factoría de Autores, empezó a sentirse frustrada con el proyecto en el que estaba trabajando. Tenía una historia planificada, unos personajes interesantes y una trama llamativa, sin embargo a la hora de escribir no conseguía que fluyera; algo no encajaba. Entonces Concha Perea hizo la pregunta clave: “¿Qué estás intentado escribir?”

La expectativa de esta compañera era escribir una novela romántica y, aunque tenía todos los elementos ahí, no encontraba la voz adecuada. La razón no es que no tuviera suficiente técnica, sino porque su estilo es cínico y mordaz, tiene mucho talento para crear situaciones absurdas e hilarantes que se integran de manera brillante con la acción y el desarrollo de las escenas.

Para poder escribir esa novela romántica “seria” que tenía en su cabeza tenía que reprimir su propia voz y eso la hacía sentirse incómoda al escribir. El resultado era forzado, precipitado y torpe y, evidentemente, esto provocaba en ella una terrible frustración y malestar.

La solución a ese problema era absurdamente sencilla; cambiar la imagen mental que tenía de ese proyecto. Dejar de considerarlo como una novela romántica “normal” y enfocarlo hacia su propio terreno, convirtiéndola en una visión crítica de los estereotipos de las novelas románticas convencionales. Y fijaos que eso no implicaba cambiar absolutamente nada de la planificación ni del proyecto, sólo la idea de lo que sería al final.

No podemos dejar que nuestras ideas de cómo tiene que ser un proyecto ahoguen nuestra voz, porque eso nos lleva a bloquearnos y sufrir.

Yo, por ejemplo, me considero hijo de la fantasía épica. Disfruto con Juego de Tronos y puedo aprender mucho de cómo tratan los personajes y conflictos, pero si intentara hacer una historia en la que sistemáticamente todo el mundo fracasara, me bloquearía. Puedo tomar esa idea de una derrota desoladora y adaptarla a mi estilo, a mi voz, para transformarla en algo diferente y más personal. Pero nunca sería como Juego de Tronos y, si esa fuera mi idea, sólo lograría deprimirme porque satisfaría esa expectativa.

Si hemos de ser sinceros con nuestros lectores, todavía tenemos que serlo más con nosotros mismos. Hemos de abrazar el autor que somos, con nuestros defectos y virtudes, aprender de todo el mundo pero no dejar nunca que la idea de escribir “algo como esa obra” reprima nuestra voz y la historia que queremos escribir.

Somos escritores porque tenemos historias en el corazón. Contarlas es lo que nos mueve y nos da identidad. Nunca perdamos eso para encajar en un género o en la idea de lo que es “bueno” o “comercial”.



Caja de Letras
Acerca del autor:


info@cajadeletras.es
1