Alejandro Marín

Malaz y la recompensa emocional

Disección Literaria

Hoy vamos a hablar de Malaz y la recompensa emocional. Si eres habitual de este pequeño rincón de internet, sabrás que ahora vendrá alguna chorrada. ¿Y si hoy vamos al grano? No creo que se hunda Wall Street ni nada similar, ¿no? ¡Vamos allá!

Malaz y la recompensa emocional: ¿Qué es esto?

Lo primero que debo decir es que no podría estar escribiendo este artículo sin la traducción que el Caballero del Árbol Sonriente hizo del ensayo de Erikson (justo aquí). ¡Gracias, eres más majo que una paga extra!

Y, ahora, volvamos al tema que nos ocupa. Recompensa. Emocional. Son dos conceptos que todos conocemos, pero quizá no estemos acostumbrados a verlos juntos. La recompensa emocional es el clímax emocional de la obra, esa escena en la que la emoción que tanto has trabajado para transmitir al lector se eleva por encima de las demás y parece ocuparlo todo en la narración. Esa que se queda como un poso cuando has terminado de leer, y el tiempo pasa y borra la mayoría de eventos. Pero no esa escena. No esa emoción.

Si te has pasado por los directos de Twitch de los profes, o eres alumno, te sonará por otro nombre: la idea controladora.

Malaz y la recompensa emocional: ¿Cómo lograrla?

Lo más sencillo sería referirte a los cursos de Narrativa y Novela. Pero entonces vaya gracia de artículo, ¿no? (En cualquier caso, pásate a echar un ojo, que vale la pena).

En la vida, uno puede saltar de una emoción a otra en un instante, sin paradas intermedias. En la narrativa, aunque también puede suceder, será más complicado que el lector se lo crea cuanto más alejada esté la emoción final del estado en el que el lector comienza a leer. En esencia, hay que planteárselo como un viaje. La parada inicial es el estado en el que esté el lector, sea el que sea. La parada final es esa recompensa, esa idea controladora. ¿Cuál es, por tanto, la mejor manera de ir de un sitio a otro? Forzando a una serie de paradas intermedias que traten de uniformizar las emociones de los lectores, de manera que te “asegures” (y aquí hay que poner todas las comillas del mundo, claro, porque cada lector es un mundo en sí mismo) de que el lector llega emocionalmente hasta donde tú quieras. ¿Puede no llegar? Por supuesto. Cada uno es cada uno en cada momento.

Estas paradas constituyen una ruta emocional que debería —si todo se hace bien— llevar de una manera lógica hasta la recompensa final. ¡Ojo! No lógica dejando de lado las emociones, sino desde el punto de vista de la coherencia. Los distintos saltos emocionales deben facilitar la llegada hasta la recompensa emocional, ¡no poner palos en las ruedas! Si el lector no se cree uno de los saltos, es posible que rompamos su ruta particular.

Otra herramienta fundamental para lograr la recompensa emocional es el uso del punto de vista. Pero de eso hablaremos el mes que viene.

Malaz y la recompensa emocional: ¿Cuánto debe durar el viaje?

Lo suficiente, siempre. Si tú crees que con cien mil palabras es suficiente, sea. Si crees que necesitas un millón, sea. De hecho, podemos referir aquí las palabras del propio Erikson: «Necesité de diez novelas para preparar al lector para las escenas finales de Malaz». ¿Por qué necesitaba tanto? Porque era imprescindible que comprendiéramos todo lo que rodeaba a ese final. Todo lo que orbita alrededor de las emociones que Erikson nos quería transmitir.

Puede que ahora te estés desmoralizando un poco. ¿Diez novelas? ¿Hacen falta diez novelas para transmitir eso? No, no. Tranquilo. El Libro de los Caídos sirve como ejemplo de una ruta magníficamente bien trazadas para lograr un buen puñado (un buen montón de recompensas emocionales, en realidad, coronadas por la GRAN recompensa emocional). Cada historia demanda lo que demanda, y eso no convierte a unas en mejores o peores que las otras.

Malaz y la recompensa emocional: Conflicto entre emociones y estructura

Quizá ya te hayas dado cuenta del pequeño elefante que hay en la habitación. Si hay que trazar una ruta emocional para el lector y al mismo tiempo encajarla dentro de la estructura de la novela, puede que las piezas no encajen. Que esa trama secundaria que tan bien funciona para las emociones, sea un lastre para la estructura. O viceversa. Que te apegues tanto a la estructura que tu historia sea tan emotiva como el prospecto de un medicamento contra las hemorroides.

Malaz y la recompensa emocional: Ejemplos. ¡Ejemplos!

Bueno, veamos si con estos ejemplos queda más o menos claro lo que quiero contar. Hace un par de semanas, en el servidor malazano de Discord, se dio un debate que ahora me viene que ni pintado. Veamos si consigo exponerlo sin hacer spoilers a los que no hayan terminado y consiguiendo que los que no hayan leído nada lo puedan seguir.

La trama de los libros dos y cuatro está centrada en un alzamiento contra el Imperio en Siete Ciudades. Esta rebelión está comandada por la Elegida de una diosa que está muy, muy enfadadita. Vale, ya estamos ubicados. Seguimos. Esta trama sirve, en esencia, para reforzar las emociones que uno debería (recalco una vez más ese debería, cada uno es como es) ir sintiendo durante la ruta que le llevará a la recompensa emocional. El asunto está en que la trama elegida para reforzar esas emociones tiene el que para muchos es el final más anticlimático de los diez libros. A nivel emocional, a algunos les funciona más, a otros menos, pero en general no se suele comprender por qué le ha dedicado tanto tiempo a ese arco argumental. Cuando sigues leyendo, comprendes las consecuencias emocionales de ese arco. Y son IMPRESCINDIBLES, pero claro, durante el desarrollo no termina de conseguir el objetivo de realzar una emoción bien encajada en la trama. En esta misma línea tenemos el caso del niño que viaja en el tiempo del que ya hablé aquí.

En el extremo opuesto tenemos a Azafrán. Un chaval que nos aporta su punto de vista en numerosas ocasiones. Cuyos eventos están bien encajados en la trama general pero que pasa sin pena ni gloria. Nadie comprende bien por qué está ahí, ni qué hace ni qué pretende el personaje ni el escritor. Seguramente trató de plasmar algo con Azafrán, pues todos los puntos de vista (de esto hablaremos el mes que viene, como ya he dicho) de la saga tienen un propósito. Pero en la opinión de muchos, no lo consigue. Queda muy tibio. No transmite nada.

Malaz y la recompensa emocional: Un resumen para terminar

Ni las emociones deben apoderarse de la trama y provocar que esta sea un sinsentido, ni la trama y la estructura deben encorsetar las emociones. Lo ideal es que puedan danzar la una con la otra. Que una tome el mando y luego lo ceda. Si las emociones se cargan la verosimilitud de la historia (ojo, no hablo de que sea verosímil en el mundo real, sino de la verosimilitud interna, del pacto con el lector), tampoco te acabarás creyendo esas emociones. Y al revés, si lo que tienes entre las manos no te transmite nada, acabarás por abandonar la historia.

Equilibrio, amigo, esa es la palabra. Equilibrio.

Recuerda trazar una ruta emocional que transmita al lector, que le llegue a la patata. Pero, ¡ojo!, ¡no caigas en la pornografía emocional o tus intentos de emocionar al lector acabarán pareciendo cómicos! Ten siempre presente que sin preparación no hay recompensa.

Y ya está, hemos acabau por hoy. ¡Siento la chapa, majo!

Después del largo viaje a un gran continente iracundo, el barco de guerra malazano regresa a Quon Tali en las orillas de El Cuerno, el bosque dalhonesio suroccidental.

Próxima parada: El punto de vista

¡No te olvides de traer cerveza!

Alejandro Marín

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