19/07/2019

¿Nunca es tarde para empezar a escribir?

Máquina de escribir

Muchas personas sienten que, en esta carrera de fondo que es la escritura, van tarde antes de siquiera empezar a escribir. La edad, junto a la falta de tiempo del día a día, copa el ranking de excusas para procrastinar. Las excusas que ponemos son innumerables, sobre todo ahora que llega el verano: los niños en casa, el calor testarudo, el ruido en la calle, una serie de Netflix… Todo esto hace que, cada cierto tiempo, aparezcan simpáticas viñetas que nos interpelan para no desistir ante el arduo camino. Para insistir, resistir y nunca desistir.

Hace algunas semanas, por ejemplo, circuló por Twitter esta interesante infografía de @pixelwoman. En ella, vemos resumida de forma esquemática la edad en la que algunos autores de nombre reconocible publicaron su opera prima. En el tuit, adicionalmente, se alargaba la lista: muchos nombres referenciales, acompañados de la edad en que, se supone, debieron empezar a escribir. Pero, cuidado, que en este repaso hay alguna trampa. Porque es lógico, pero parece necesario recalcarlo: uno no se levanta de repente con 50 años y una obra maestra bajo el brazo. Veamos algunos casos que menciona el tuit y convendría matizar.

Marcel Proust: precocidad en estado puro

Marcel ProustMarcel Proust es uno de los autores afamados en esa lista que acompañaba a la imagen de la línea cronológica. La edad con la que debió empezar a escribir, según el tuit de Literland, es de 43 años. ¿Eso significa que con 43 años publicó la primera parte de En busca del tiempo perdido? Sí, eso es irrefutable. Pero es obvio pensar que, si fue publicada en 1913, debió comenzar a escribir al menos un año antes. Y es que, para ser más concretos, estuvo escribiéndola desde los 36 años. Pero no os confiéis: veamos cómo ya desde muy joven, además de escribir, había conseguido publicar.

Proust, junto a su madre, tradujo alrededor de 1904 multitud de textos de John Rushkin (The Bible of Amiens; Sesame and Lilies) y los adaptó a su manera. Y a los 25 años, ya había publicado Los placeres y los días. Pero todavía antes de eso, había publicado algunas crónicas. Tan precoz es su talento, que en sus biografías se aprecia que con 15 años ya escribía de un modo magistral. Por si fuera poco, sobre 1907, ya estaba escribiendo una tentativa de En busca del tiempo perdido: Jean Santeuil, primera versión de su obra cumbre, y que acabaría siendo publicada de forma póstuma en 1952.

Talentos adolescentes en ciernes

Si nos fijamos en J.R.R. Tolkien, se le atribuyen los 45 años como inicio de su carrera literaria. Esa edad corresponde al año en que C.S. Lewis le persuade para que publique El hobbit. Pero lo cierto es que ya con 19 años publica su primer poema: La batalla del Campo del Este. Esta composición es una parodia los Cantos populares de la Antigua Roma de Thomas Macaulay. Un partido de rugby contado en tono épico supuso el estreno literario del autor de El señor de los anillos.

Algo parecido ocurre con Raymond Chandler. En Dunwich College, un internado escolar, fue donde el estadounidense aprendió latín, griego, y se enamoró de los clásicos. A los 19 años escribió su primer poema. Y publicaría otros veintiséis en el periódico liberal Westminster Gazette. Henry Miller, con solo 18 años, ya publicaría en París y en inglés su célebre Trópico de cáncer. Y Mark Twain publicaría con 31 años —diez años antes de lo que indica el tuit— su primera obra, La célebre rana saltarina del condado de Calaveras y otros relatos.

Rulfo y Salinger: a veces una novela es suficiente

Fijarnos en la edad con que empezar a escribir puede crear un sentimiento acomodaticio: un “ya llegaré” que, por lo general, nunca llega. Sin embargo, puede resultar más inspirador atender a otro factor: la ínfima producción que un autor necesita para ganarse un lugar perenne en las librerías.

Juan RulfoA Juan Rulfo, al que en estos días se le han descubierto dos nuevos ensayos, le bastó con Pedro Páramo. Es cierto que también escribió El gallo de oro y los cuentos de El llano en llamas (entre otras composiciones menores). Pero fue Comala, y su mundo fantasmal, la que le dio un lugar sin parangón en la literatura. Coincide, además, que la fecha de publicación hace al mexicano susceptible de engrosar la lista de Literland: 38 años.

J.D. Salinger es otro caso paradigmático de que es preferible la calidad a la cantidad. Salinger tenía 32 años cuando se publicó la narración de Holden Caulfield: El guardián entre el centeno. En este caso sí que podemos afirmar que es la única novela que escribió. El resto de su producción consistió, casi siempre, en cuentos que estuvo publicando hasta 1965.

Después de aquello, Salinger intentó aislarse del exterior y mantener su privacidad a salvo por todos los medios posibles. Llegó a interponer una demanda contra Ian Hamilton. Pretendía publicar en J. D. Salinger: A Writing Life correspondencia privada del autor. En el juicio, se supo que en esos años aislamiento escribió dos novelas y muchos relatos que nunca fueron publicados. Actualmente, la familia trabaja en la publicación de este material inédito.

Sin prisa, pero sin pausa

Y así, podríamos enumerar decenas de casos de novelistas que, entre el grueso de su obra, solo necesitaron una gran novela para permanecer en la historia de la literatura de forma imperecedera. Giuseppe Tomasi di Lampedusa publicó de forma póstuma El gatopardo, después de morir a los 60 años.

Emily Brontë, con 29 años, publicaría Cumbres borrascosas. Un poco más mayor —34 años— era Harper Lee cuando apareció su Matar a un ruiseñor. Quizás uno de los casos más singulares por su juventud fue el de Mary Shelley: con tan solo 21 años, el 1 de enero de 1818 publicaría Frankenstein o el moderno Prometeo.

Uno de los ejemplos de autores que más postergaron su aparición en el mercado editorial lo tenemos en España. Alberto Méndez, con 63 años, demostró que de verdad nunca es tarde para publicar. A esa edad, se hizo famoso con su única obra publicada: Los girasoles ciegos. Pocos meses después, el cáncer terminaría con su vida.

Nunca es tarde para empezar a escribir (ni leer)

Hasta aquí, hemos visto la diferencia: la edad en que se empieza a escribir no coincide casi nunca con la edad a la que se publica. Aunque puede parecer obvio, es necesario tener siempre esto en cuenta para no olvidar el trabajo previo que requiere una obra. Y en esa preparación, además de la escritura, es fundamental otro proceso: la lectura, leer. Es en esta acción donde realmente debes empezar a escribir.

Ahora, con el periodo estival, aparece una oportunidad perfecta para acercarte a algunas lecturas pendientes. A esos autores de los que siempre has oído hablar, pero con los que aún no te has puesto.

Olvida el reto de lecturas en Goodreads. Olvida lo viejo o joven que te consideres a ti mismo. No tienes que competir con nadie. Lee, pero lee bien. Relaciona, comprende, proyecta. Reduce la velocidad de la mirada. Mira el texto como un trabajo de orfebrería, un polivalente artefacto por desentrañar. Lee y lee entendiendo. Con espíritu crítico. Lee desde la emoción, desde la fascinación: lee con la mente. Piensa y lee. Lee sin prisa y date cuenta: asimilar es mucho mejor que fagocitar.

Esa es la mejor forma de empezar a escribir. Seguro que así podrás llegar a escribir justo a tiempo, que es el tiempo exacto de cada uno. Porque cuando se empieza a escribir, el cuándo es lo de menos. No se llega tarde ni pronto: se llega y punto.



Antonio Vileya
Acerca del autor:

Antonio M. Vileya Pérez (Sevilla, 1992) es filólogo hispánico y presta servicios editoriales a entidades de diversa naturaleza. Su vocación divulgadora lo ha llevado a formar parte del comité organizador del Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas y ser miembro activo de la asociación cultural Bibliofórum. Ha impartido cursos monográficos sobre fantasía, ciencia ficción, terror y novela negra en la Universidad de Sevilla.

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