10/05/2015

Taller de Creatividad: El Proceso Creativo

El Proceso Creativo

Hablar de potenciar la creatividad suena medio esotérico. Porque, ¿cómo se potencia la creatividad? ¿Realmente hay algo que puedas hacer para ser más creativo?

Lo cierto es que la creatividad es algo más mecánico de lo que podemos pensar, y de hecho, existe un proceso creativo, una serie de pasos que llevan a nuestra mente desde un punto al siguiente y que suelen dar como resultado un aumento de las capacidades creativas.

Este proceso creativo se define como una actividad en la que realizamos asociaciones y combinaciones mentales, de tal manera que la persona creativa es capaz de construir a partir de ellas nuevas ideas. Ya Baudelaire describió la genialidad como “niñez recobrada a voluntad”; es decir, si queremos ser creativos, tenemos que romper las barreras que creamos de adultos, volver a tener la mente de un niño. Y es que, el niño que hay dentro de cada persona es el creativo, no el adulto. La inocencia del niño y su forma alegre de afrontar las cosas sin limitaciones considera al proceso creativo como un juego.

“La musa más poderosa de todas es nuestro propio niño interior”, asegura Stephen Nadmanomtan. La imaginación, el juego y el libre pensamiento de un niño no tienen una dirección concreta, no están enfocados tal como lo hace el pensamiento de un adulto: al contrario, pueden deambular sin dirección y divagar. El niño es curioso, no sigue un orden determinado en sus juegos, tampoco sabe lo que busca hasta que lo encuentra. Es fácil decir: usa la imaginación, genera ideas; pero si has sido criado en un ambiente muy estructurado, romper con el orden y sumergirse en una encrucijada de preguntas absurdas y sin sentido puede ser un auténtico problema. Además, como veíamos en el artículo anterior, los trabajos demasiado mecánicos y el ambiente pueden impedir la creatividad.

El entorno como disparador mental

Si bien es cierto que el ambiente puede oprimir, también lo es que las personas y el entorno son fuentes poderosas de inspiración y grandes disparadores de ideas. Tal como un lugar oscuro, sin luz ni sonidos puede resultar deprimente, otro lleno de colores, con paredes alegres y envuelto en sonidos relajantes, puede provocar en una persona ganas de pintar, dibujar, bailar o escribir; Por supuesto, no puede ser nada exagerado si no quieres acabar con un terrible dolor de cabeza. Es imposible dar una pauta que sirva para todo el mundo; las personas somos diferentes, nuestras personalidades varían y por tanto lo que sirve para unos no lo hace para otros. Tú conoces tus gustos: construye a tu alrededor un entorno que te ayude a estar relajado al tiempo que dispare tus procesos mentales.

Involúcrate; mantén tu interés

Si quieres llevar tus procesos creativos hasta el final, es importante que mantengas el interés por lo que realizas. No hay peor barrera para la creatividad que el aburrimiento. ¿Cuántas veces has empezado un proyecto y no lo has terminado porque te has cansado de él y has pasado a otro? Seguramente muchas. Tienes que encontrar el modo de mantener el interés en lo que estás haciendo; explora nuevas posibilidades, desarrolla nuevas facetas para tus personajes y tus tramas. Nunca te quedes con la primera idea que tengas: dale vueltas, descubrirás que se te ocurren cosas mucho más interesantes a partir de ese primer chispazo creativo.

Si quieres comprometerte con tu escritura tienes que estar dispuesto a entregar lo mejor que tengas. La pasión es algo que no se encuentra en cada esquina, que no se compra en un kiosco igual que si compraras el periódico del día. No se puede obligar a la mente ni al corazón a sentir devoción por lo que estás haciendo; la verdadera pasión nace con nosotros, es una descarga de adrenalina que hace que te zambullas por completo en aquello que te atrae.

Por tanto, para comprometerte con tu trabajo como escritor tienes que desarrollar la capacidad de encontrar soluciones audaces. Nada te ayudará más a conseguirlo que disfrutar con lo que estás haciendo.

El primer modelo de proceso creativo

El estudio de los procesos creativos no es nada nuevo, pues datan de principios del siglo veinte. Ya en su trabajo El arte del pensamiento, que fue publicado en 1926, Graham Wallas presentó uno de los primeros modelos del proceso creativo. En él, los impulsos creativos eran explicados por un proceso compuesto de cinco etapas.

Preparación: es la fase, la etapa en la cual se enfoca la mente sobre un problema. El objetivo que se persigue es el de obtener información sobre el problema analizado y analizar su importancia.

Incubación: Es el segundo paso; se produce cuando el problema es interiorizado en el hemisferio derecho del cerebro, el lugar en el que surge la inventiva. Puede parecer que no está ocurriendo nada, pero lo cierto es que el proceso creativo está en marcha.

Intimación: Una vez has hecho tuyo el tema que te tiene bloqueado, comienzan a ocurrírsete soluciones de forma que podrían parecer espontáneas. Suele ocurrir que las descartamos porque no son exactamente lo que necesitamos, pero comenzamos a percibir que vamos por buen camino, que la solución está a la vuelta de la esquina.

Iluminación: Y de repente, la solución aparece en un flash. Todo el proceso interior que hemos ido desarrollando genera la idea definitiva, que aparece ante nosotros en una revelación. Es habitual que pensemos en ese momento, si la euforia nos lo permite, que la solución estaba justo frente a nosotros y no entendemos cómo no la veíamos. La respuesta es sencilla: el bloqueo nos impedía percibir la solución.

Verificación: Es el paso final. Tras descubrir la solución, la ponemos a prueba, analizamos la solución que hemos encontrado desde todos los puntos de vista que se nos ocurren con el fin de comprobar que es sólida y no hace aguas.

La meditación como proceso creativo

Se ha demostrado que la búsqueda de momentos de relajación en los que poder dedicar periodos de tiempo a la meditación ayudan a la visualización de nuestro entorno de un modo más abierto, más receptivo. Actualmente, las diferentes técnicas de meditación –taoísta, zen, sufí, yoga, budista, etcétera– que diversas culturas han ido desarrollando a lo largo de los siglos, tienen en común una serie de fases que podemos relacionar fácilmente con el proceso de Wallas del que os acabamos de hablar. Estas fases son:

Concentración: en la que ponemos toda nuestra atención en una sola cosa.

Meditación: en la que mantenemos la fase anterior el mayor tiempo posible.

Contemplación: en la que hay una comunicación fluida entre nuestros dos hemisferios cerebrales.

Intuición: en la que nos vienen nuevas ideas o intuiciones.

Inspiración: en la que ponemos en práctica las ideas o intuiciones.

Así pues, hay cuatro métodos efectivos para que nuestros procesos creativos se pongan en marcha. El primero de ellos en rodearnos de un entorno que facilite nuestro trabajo, el segundo, la importancia de mantenerte entusiasmado con lo que haces, el tercero es trabajar de forma consciente en tus necesidades creativas y el cuarto dedicar parte de tu tiempo a meditar en la obra que trabajas a fin de encontrar nuevos caminos.

¿Cuál de ellas te parece más fácil de practicar?



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Acerca del autor:

Concepción Perea Gómez es licenciada en humanidades y tiene un máster en creación literaria. Es escritora, lleva cinco años impartiendo clases de narrativa y forma parte de la organización del Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas. Es la autora de "La corte de los Espejos" (Fantascy, 2013), "El misterio de la Caja Bethel" (Fantascy 2014) y "La última primavera" (Runas, Alianza Editorial 2017).

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